Dios Emperador de Dune by Frank Herbert

Dios Emperador de Dune by Frank Herbert

Author:Frank Herbert
Language: es
Format: mobi
Published: 2008-06-11T23:00:00+00:00


—CAPITULO XXVIII —

El problema de la jefatura es siempre el mismo: ¿Quien hará el papel de Dios?

Muad'Dib, de la Historia Oral.

Hwi Noree caminaba tras una joven Habladora Pez por una amplia rampa que descendía en espiral a las profundidades de Onn. La llamada del Dios Emperador se había producido a última hora de la tarde del tercer día del Festival, interrumpiendo un proceso que había puesto a prueba su capacidad de mantener un aceptable equilibrio emocional.

Su primer asistente, Othwi Yake, no era un hombre agradable, era un sujeto pelirrojo de cara estrecha y alargada que no solía reposar la vista en ningún sitio, y que jamás miraba directamente a los ojos de la persona con quien hablaba. Yake le acababa de presentar un informe en un solo folio en papel de memerase que contenía lo que él describió como "un resumen de los recientes disturbios acaecidos en la Ciudad Sagrada".

Puesto en pie, junto al escritorio al que ella se sentaba, y mirando hacia abajo a algún punto de su izquierda, había comentado:

—Las Habladoras Pez estan degollando Danzarines Rostro por toda la Ciudad —sin mostrarse demasiado conmovido por ello.

—¿Por qué? —preguntó la embajadora.

—Se rumorea que la Bene Tleilax ha perpetrado un atentado contra la vida del Dios Emperador.

Un estremecimiento de horror recorrió todo su cuerpo. Recostándose en el respaldo de la silla, contempló el despacho de la embajada, una habitación redonda con una única mesa semicircular que ocultaba los mandos y controles de innumerables aparatos ixianos bajo su reluciente superficie. La habitación era una pieza sombría e imponente, forrada de oscuros paneles de madera que la protegían de los intentos de espionaje. Carecía de ventanas.

Procurando no demostrar su preocupación, Hwi miró a Yake:

—Y Nuestro Señor Leto está...

—Por lo visto el atentado ha resultado totalmente infructuoso. Pero podría explicar esos azotes.

—¿Entonces crees que se produjo efectivamente un atentado?

—Sí.

En aquel momento entró la Habladora Pez enviada por Leto, apenas anunciada su presencia en la oficina exterior. La seguía una vieja Bene Gesserit, a la que presentó como "la Reverenda Madre Anteac". Esta se quedó mirando fijamente a Yake mientras la Habladora Pez, una joven de facciones suaves, casi infantiles, comunicaba su mensaje.

—Me ha dicho que os recordara: "Regresa pronto si te llamo". El os llama.

Yake empezó a agitarse nervioso mientras la Habladora Pez hablaba, inspeccionando con la mirada la habitación, como buscando algo que no se encontraba allí. Hwi se entretuvo sólo lo suficiente para echarse un manto azul oscuro sobre el vestido y ordenar a Yake que permaneciera en el despacho hasta su regreso.

A la luz anaranjada del atardecer, ya fuera de la Embajada, y en una calle singularmente vacía de otros transeúntes, Anteac miró a la Habladora Pez y dijo simplemente: "Sí". Entonces Anteac las abandonó, y la Habladora Pez condujo a Hwi a través de las calles vacías hasta un edificio elevado y sin ventanas cuyos sótanos albergaban esa rampa en espiral por la que ahora descendían.

Las pronunciadas curvas de la rampa mareaban a Hwi. Brillantes globos luminosos blancos de



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